El centro y el corazón de la vida de san Felipe Neri, como el la vida de todos los santos, fue JESÚS presente en el Santo Sacrificio de la Misa. San Felipe, conocido por su gozo, su amor por los jóvenes y su fervor en la oración, encontraba su fortaleza en la Santa Misa.
En una ocasion, despues de Misa, notó algo que le inquietó mucho. Notó que cierto hombre salía corriendo antes de la bendición final. Un día volvió a ver que este hombre salía volando de la iglesia antes de la bendición final. ¡Divisó un plan!
Al día siguiente cuando estaba por acabar la Misa, el hombre salió corriendo. Pero san Felipe Neri estaba preparado. El y dos monaguillos lo siguieron. Los monaguillo caminaban con una vela a cada lado del señor y así caminaban en procesión por las calles de Roma.
Al darse vuela, el señor vio al P. Felipe y su noble procesión, a lo cual les preguntó el motivo. San Felipe entonces le replicó que era una procesión Eucarística por las calles de Roma ¡ya que este señor llevaba en su corazón al Santísimo Sacramento!
Apenado, el hombre se dio cuenta el significado de esa procesión Eucarística. Desde ese día en adelante, dejó de salir de Misa sin primero hacer su acción de gracias por el Don de dones que había recibido en su corazón – el Santísimo Sacramento del altar, el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo Jesús, el Hijo de Dios vivo.
Tristemente, esta pequeña anécdota de la vida de san Felipe Neri es demasiado común entre los católicos que acuden a la Santa Misa – la más grande oración del universo.
Cuántos hoy en día salen volando de Misa, como si los siguiera un toro, o como si se estuviesen quemando los frijoles. El documento sobre la Liturgia del Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, dice que los fieles deben participar plenamente, activamente y conscientemente en el Santo Sacrificio de la Misa.
UNA SIMPLE ANALOGÍA – La Eucaristía es Sacrificio y Banquete Sagrado. Si se le invitase a usted a una cena familiar en donde la comida era el punto central de la visita, ¿devoraría usted la comida y saldría corriendo sin primero dar gracias a quien le extendió la invitación o a quien preparó tan exquisito majar? ¡Claro que no! ¡Sería el colmo de ingratitud y mala educación!
Por educación y buenas costumbres, haría todo lo contrario. Primero, usted llegaría temprano para platicar un poco con quien lo invitó. De forma atenta y educada, daría gracias a Dios por las bendiciones, la comida y la buena compañía. Al acabar la cena, se quedaría de sobremesa para disfrutar una taza de café y un postre y seguir disfrutando de la compañía de sus amigos y familiares. Todo esto refleja buenas costumbres de hospitalidad.
Apliquemos ahora estas normas al Santo Sacrificio de la Misa y a la Santa Eucaristía. Jesús mismo es el que nos ha invitado a este banquete: »Vengan a mí todos los que están agobiados que Yo les daré descanso…» Jesús nos prepara el alimento más suculento y exquisito que jamás podamos imaginar. Y nos lo ofrece en dos partes: primero, en el pan de Su Palabra – la Liturgia de la Palabra, las lecturas bíblicas de ese día. Entonces Jesús nos ofrece el alimento principal – la Santa Eucaristía, que es Su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
Después de haber sido alimentados por el pan de Su Palabra y el »Pan de Vida», y Jesús está en lo más profundo de nuestro corazón, nos corresponde dar abundantes gracias a Dios por los dones más sublimes que acabamos de recibir. Recuerde que la palabra Eucaristía significa »acción de gracias» en griego.
LA SANTA MISA: CONTRICIÓN, ADORACIÓN, SÚPLICA y ACCIÓN DE GRACIAS.
Con el propósito de dar gracias a Jesús por albergarse en nuestro corazón por medio de la Santa Comunión, use uno, dos o todos estos movimientos del corazón para dar gracias a Dios – adórelo, agradézcale, suplíquele y pídale perdón.
1. CONTRICIÓN. Ofrezca a Jesús un corazón contrito por todos los pecados de su pasado. En el momento que la Preciosa Sangre de Jesús corre por sus venas y el Sagrado Corazón late en su corazón, pida a Jesús la fuerza para luchar como soldado noble y valiente contra el pecado. Porque recuerde, desde el día de su confirmación usted es un soldado de Cristo.
2. ADORACIÓN. Alabe a Dios por Su grandeza, Su majestad, Su belleza inefable, Su bondad y amor infinito. Incluso podría tomar uno de los salmos para alabar a Dios, por ejemplo el salmo 148, 149 y 150.
3. SÚPLICA. Dice san Agustín: »Somos mendigos ante Dios.» Dios se alegra cuando sus hijos e hijas con humildad le imploran por el pan de cada día. Y es Jesús quien nos invita a suplicar cuando dice: »Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá la puerta. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y se abrirá la puerta al que llama.» (Mt 7, 7-8) Abrámosle el corazón de par en par al Maestro benéfico y pidámosle todo lo que nuestro corazón añora (menos el pecado) y confiemos en la bondad de Dios. ¡Pero pidamos esos dones y gracias que sean para nuestra santificación y salvación y para la santificación y salvación del mundo! San Ignacio nos dice en Principio y Fundamento que fuimos creados para alabar a Dios y ¡salvar nuestra alma inmortal!
4. ACCIÓN DE GRACIAS. »Dad gracias al Señor porque Él es bueno; porque es eterna Su misericordia.» Dios en su naturaleza es bondadoso y dador de todo lo bueno. El hombre más fácilmente se agota de recibir los dones de Dios, que Dios en dárnoslo. Que su corazón se desborde con gratitud por los innumerables dones que Dios le ha dado, le está dando y que derramará sobre usted hasta el último momento de su vida. De gracias a Dios especialmente por la Eucaristía, por su fe en la Eucaristía y por haber recibido tan sublime don. Con una actitud de gratitud, ¡proponga cada día prepararse mejor para recibirlo en la Santa Eucaristía y proponga dar dignas gracias!
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CONCLUSIÓN: Jesús en cada Misa anhela ardientemente derramar sobre nosotros una lluvia de bendiciones. Pero esto depende grandemente en que cultivemos una actitud adecuada en cuanto concierne a nuestro comportamiento en la iglesia. Tengamos entonces un corazón agradecido al recibir la Santa Comunión y al concluir la celebración de la Santa Misa. Que Nuestra Señora nos alcance con su poderosa intercesión, la gracia de alabar y dar gracias a Jesús Eucaristía: »Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador…» (Lc 1, 47)